En los últimos meses se ha desvanecido el sueño del “decoupling” de los países emergentes del destino de los países desarrollados. Ante el desplome de los precios de las materias primas, presionados a la baja por los temores a una recesión grave, y la sequía en cuestión de horas del crédito extranjero, se ha instaurado la percepción de que tanto Asia como Latinoamérica están inmersos en la tempestad desatada hace más de un año en el mercado estadounidense de las hipotecas subprime.
Eso no quiere decir exactamente que la hipótesis de “decoupling” haya quedado superada sino más bien que la profundidad de la crisis había sido subestimada. En cualquier caso, el contagio del mundo emergente no significa que todos los países vayan a enfrentarse a una recesión – como será el caso en los países desarrollados – o que se encuentren indefensos ante los acontecimientos recientes. En primer lugar, las autoridades de los países emergentes han reaccionado rápida y agresivamente para atajar la repentina defalca de liquidez en dólares americanos. En esta ocasión ha habido una diferencia respecto a las crisis pasadas: en lugar de iniciar un proceso de negociación lento y costoso con el FMI, la mayoría de los Bancos Centrales de América Latina han sido capaces de sustituir la menor liquidez utilizando una pequeña parte de las amplias reservas internacionales acumuladas en años anteriores, entre otras herramientas. Cuando las tensiones se han trasladado a los mercados en divisas local ante la fuerte demandada de los bancos y las organizaciones nacionales para hacer frente a la contracción del crédito, los bancos centrales también han sido capaces de proporcionar los fondos necesarios mediante la reducción de los (elevados) coeficientes de reservas obligatorias y nuevas líneas de crédito. En algunos casos, como en Brasil, la consolidación del istema bancario ha sido favorecida para evitar la quiebra de los bancos pequeños debido a problemas de escasez de liquidez. Por último, los gobiernos también han intervenido con políticas fiscales expansivas y, en algunos casos como el de Chile, con recursos tributarios específicos para transmitir crédito rápido a las pequeñas y medianas empresas.
Con todo, el proceso no ha sido suave ni ha estado exento de complicaciones, muchas divisas se han depreciado y los diferenciales de deuda han repuntado fuertemente. Pero éste no sólo l caso de América Latina, pues Europa emergente se ha visto más negativamente afectada. Sin embargo, casi dos meses después del inicio de esta etapa de la crisis internacional, los mercados financieros parecen calmarse y encaminarse hacia un tenso equilibrio.
La pregunta ahora es cual será el efecto real de la recesión del mundo desarrollado. Nuestras previsiones apuntan que el crecimiento se desacelerará en América Latina, pero se mantendrá en terreno positivo si la recesión en las economías desarrolladas es moderada como esperamos ahora. De ser así, sería la primera vez en un siglo que los países latinoamericanos logran sufrir menos que los países desarrollados en un episodio de recesión a escala mundial. Esta es una buena noticia, al menos en términos relativos. Así, cuando la economía mundial se recupere, los mercados financieros deberían reconocer que los riesgos-país en Latinoamérica han cambiado substancialmente tras las reformas económicas de los años ochenta y noventa. Las perspectivas de inversión y crecimiento deberían, por lo tanto, mejorar en consonancia.
Nota: información proporcionada por el Servicio de Estadudios de BBVA

