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Lanzarse al mercado de los productos financieros puede ser una experiencia dramática para muchos españoles. La falta de hábito en la gestión de su dinero y la poca relación de muchos ahorradores con la terminología económica pueden convertir la tarea de valorar las diferentes ofertas en un pequeño ‘infierno’. Y es que la falta de formación en materia financiera es uno de los males endémicos del ciudadano medio que le impide hacer efectivo el paso del ahorro a la inversión.
Una de las máximas del value investment o inversor en valor (la técnica que sigue Warren Buffett) es que debe invertirse en aquellos negocios que se comprendan. Es decir, comprar sólo ‘empresas’ que se entienden, porque si una persona no es capaz de explicar al negocio al que se dedica una determinada compañía difícilmente podrá predecir su futuro, evaluar sus fortalezas y, en definitiva, dirimir si se trata o no de una buena opción de inversión. Si tuviesen que seguir esta ‘norma’, el rango de inversión sería muy limitado para la mayoría de españoles. El problema es que esta ignorancia no se limita a los productos más complejos o a los relacionados con la renta variables.
En cierto sentido puede resultar hasta excusable que el ciudadano medio desconozca el funcionamiento del mercado de fondos de inversión o que tenga del todo claro en qué invierten estos su dinero. Sin embargo, es más preocupante cuando esto afecta también a su plan o fondo de pensiones y sus ahorros a largo plazo, así como las opciones más ‘sencillas’, empezando por determinados depósitos a plazo. Y todavía más cuando se puede incluso ampliar a productos de uso diario e incluso ‘obligatorios’ como las cuentas corrientes o las tarjetas de crédito.
Aprender a valorar correctamente las diferentes opciones que brinda el mercado es el primer paso para ir más allá del simple ahorro. En este sentido, durante 2008 el sector bancario ha asistido a una batalla por captar el pasivo de los clientes a través de suculentas ofertas de depósitos y en el último tramo del año también para domiciliar la nómina, a lo que hay que añadir el auge de las cuentas remuneradas. Conviene recordar que la cuenta corriente suele ser el punto de ‘salida’ del dinero, el lugar desde el que se distribuirá este capital al resto de partidas presupuestarias (pago de recibos, hipoteca, ahorro…). Por eso acertar en su elección es vital.
El problema es que no todo el mundo conoce exactamente su funcionamiento y los apartados que lo conforman. En realidad, una cuenta corrientes no es más que un depósito abierto que en teoría ofrece una rentabilidad al cliente y una serie de servicios. Los más habituales suelen ser domiciliar recibos, realizar pagos e ingresos, transferencias e incluso el pago de impuestos. La mayoría de cuentas permiten estas operaciones, aunque nunca está de más comprobarlo, ya que algunas cuentas remuneradas no aceptan la domiciliación de recibos o no ‘soportan’ tarjetas de crédito.
Tener claro el uso que se le va a dar a la cuenta es vital para la elección de la más acertada. Una vez superado este paso llega el momento de analizar las condiciones concretas de la cuenta para lo hay que desviar la atención hacia el tipo de interés que ofrece y las comisiones que cobra. A excepción de las cuentas remuneradas el resto de la oferta prácticamente no renta nada al cliente, por lo que será más importe limitar por lo menos los costes. Estos se dividen principalmente entre la comisión de administración, por mantenimiento y por transferencias. Lo ideal es buscar la que menos comisiones cobre por estos conceptos.
La nómina es la mejor arma del cliente para lograr reducir los gastos de mantenimiento y el resto de comisiones, así como para conseguir, por ejemplo, que se elimine el coste de las tarjetas de débito asociadas a la cuenta. Por eso conviene hacer un buen uso de la misma y en caso de comprometerse con una entidad, asegurarse que las condiciones que esta ofrece sean las mejores. Esto incluye tener que traducir cualquier regalo en especie (televisores, videoconsolas, etc) que se ofrecen por domiciliar la nómina como si se tratase de dinero y buscar dónde está el ‘coste’ de ese regalo (puede ser en la contratación de tarjetas de crédito adicionales o en un compromiso de permanencia, por ejemplo).
Autor. José Trecet. Analista financiero de Financialred.com
Comentarios
Como siempre, la escasa educación financiera de los españoles es la que hace que no reparemos en estas pequeñas cosas, que al fin y al cabo son la base de las finanzas personales.