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Los pronósticos internacionales acerca de la economía mundial no son para nada alentadores. En las últimas semanas se han reformulado los indicadores de crecimiento de las principales economías a la baja y los de la inflación a la suba. Sin dudas alguna, un cóctel peligroso.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) recortó del 1,9% al 1,7% el crecimiento de la Eurozona para el correr de este 2008 y achicó aún más los pronósticos del 2009: 1,4%. A Estados Unidos no le fue mejor: 1,2% para este año y 1,1% para todo el próximo. En términos macroeconómicos, estas cifras es lo mismo que decir “nada“.
Las razones de estas magras perspectivas están a la vista: las presiones inflacionarias derivadas del encarecimiento de la energía y de los elementos en general que están golpeando duramente el consumo. En la última semana hemos leído que la venta de automóviles en España ha caído más de un 25% con respecto al año pasado y que los transportistas y pescadores europeos acorralan a sus gobiernos frente al fuerte incremento de los combustibles, prometiendo aumentos en todo tipo en los productos.
Pero esto no solo sucede en Europa. En todo el mundo se ven protestas de este tipo contra los cada vez más elevados precios de los alimentos y los combustibles. Para esto, tan solo valen dos ejemplos: el valor del petróleo se duplicó en un año llegando a costar cerca de 140 dólares la semana pasada. El otro caso es el de los alimentos, con alzas, por ejemplo, del 72% en un año para el caso de la soja. Y ambos sectores van por más.
Los políticos tratan de responder a las preocupaciones de sus votantes pero no saben que hacer. En Estados Unidos, parte de la clase dirigente elige el camino fácil y apoyan la suspensión del impuesto a los combustibles. Joseph Stiglitz, premio Nóbel de Economía, dice que esa no es la salida: solo lograría aumentar la demanda de combustibles, contrarrestando el efecto del recorte impositivo y aumentando aún más los precios por la ecuación más simple: A mayor demanda e igual oferta, mayor precio.
Otros pronósticos sostienen la posibilidad de tasas de interés más elevadas, para iniciar un proceso de enfriamiento de la economía según las recetas tradicionales y, por esa vía, bajar los precios. La OCDE lo desaconsejó: el problema inflacionario es estructural, no pasajero.
Stiglitz opina que el mundo debe repensar las fuentes de crecimiento, y deja una premisa muy simple: si las bases del crecimiento yacen en los avances de la ciencia y la tecnología, y no en la especulación en el mercado financiero o inmobiliario, ¿por qué aquellos que ganan dinero apostando en las bolsas deben pagar impuestos más bajos que los que ganan su dinero de otras formas? Por lo menos deberían equipararse las alícuotas. Además, dice el bueno de Joseph, debería aplicarse un impuesto a las ganancias inesperadas para las empresas de gas y petróleo.
Existen dos factores que descompensan la crisis actual: la guerra en Irak contribuyó a la escalada de precios del petróleo, mientras que los biocombustibles lograron combinar por primera vez los mercados de energía y alimentos. Esto se tradujo en una paradoja: la escasez de alimentos puso en la misma vereda al Banco Mundial, el FMI y el G8 con el comunista Fidel Castro. El reclamo común de estos actores es la limitación de la producción de los biocombustibles, debiendo los países ricos reducir o eliminar las políticas energéticas y agropecuarias equivocadas y ayudar a los países pobres a mejorar su capacidad para producir alimentos. Aunque esta apenas sea una de las causas de la crisis mundial.
Las cosas, naturalmente, son mucho más complejas. Según Joseph Stiglitz, la esencia del problema responde a una sociedad de consumo que se habituó a pensar solo en el presente, que le tiene miedo a las necesarias regulaciones (si hubiesen existido, no estaríamos viviendo la crisis de las hipotecas subprime) y que está atrapada en grupos de intereses cada vez más concentrados. Solo la creación, dice el Nóbel de Economía, de nuevos patrones de consumo y producción (básicamente, un nuevo modelo económico) podrá abordar ese problema de recursos, que es esencial.
La conclusión es que la economía mundial enfrenta un triple golpe: crisis financiera, más la desaceleración del ciclo mundial de la vivienda accesible, más la contracción de los ingresos reales de la población a raíz de los precios de la energía y los alimentos. Como dijimos al comienzo, un cóctel muy peligroso.
Autor. Fabián Sinibaldi. Analista económico de América del Sur de Financialred.com
Foto | Domotas1
Comentarios
Me parece muy acertado el comentario de Fabian y sobre todo el del Premio Nobel de Economía. Hay que buscar alguna alternativa no sólo a las fuentes de producción sino al alto consumo. Ya no sólo se trata de no dejar los aparatos eléctricos en stand by, sino de una completa reestructuración del gasto para eliminar usos deficientes e incluso 'inútiles', como por ejemplo carteles luminosos de muchas empresas o iluminación en determinadas zonas.
Fantástico artículo, y 100% de acuerdo con Stiglitz (que por algo es premio Nobel)