
La inflación es uno de los males endémicos de España como la balanza de pagos lo es para Estados Unidos. Desde que tengo uso de razón financiera ha supuesto un problema que pocas veces se ha podido contener. La llegada del euro no ha ayudado precisamente a ahuyentar a este fantasma, ya que por una parte el país ha perdido una herramienta para controlarla (la política monetaria) y por otra, con la entrada en vigor de la moneda única se produjo una subida generalizada de los precios en muchos productos de consumo diario. Hasta ahora las altas tasas de crecimiento han servido para ‘enmascarar’ o por lo menos relativizar el problema. Sin embargo, desde principios de año no ha parado de dar señalas de alarma.
El último dato del Indice de Precios al Consumo Armonizado (IPCA) correspondiente al mes de mayo refleja una nueva subida hasta el 4,7%, lo que supone sus máximos desde enero de 1997, cuando el Instituto Nacional de Estadística (INE) comenzó a punlicar este indicador. Aunque se trata de la cifra adelantada, sirve como referencia para lo que puede llegar con el IPC real, que se publicará el 11 de junio. En este caso buena parte de la subida se debe a factores externos como el precio del petróleo y el encarecimiento de los alimentos, derivado en buena medida por el aumento de los combustibles.

