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Los consumidores estamos mal acostumbrados a seguir las tendencias de la mayoría, en ocasiones empujados para las modas, y en otras con una “pequeña gran ayuda” de las campañas publicitarias que, siempre, terminan convenciéndonos.
Si nos preguntamos ¿Cuál ha sido uno de los productos que más espacio ha ganado en las góndolas de las grandes cadenas de supermercados? La respuesta tendrá entre las posibilidades más votadas, el agua embasada. Moda, marketing, un bien necesario, o una nueva tendencia hacia la salud. ¿Hacia la salud?. Para algunos, y en especial para los médicos, el consumo de agua está relacionado a la reposición de energía y recomiendan tomar 2 litros por día. Otros aconsejan beber, solo, para calmar la sed.
Pero,
¿qué se esconde detrás de la nueva moda del agua embotellada? Elizabeth Royte en su libro ‘
Bottlemania: How water went on sale and why we bought it‘ (Cómo comenzó a venderse el agua y por qué fue que empezamos a comprarla) ha abierto un debate interesante que los consumidores debemos replantearnos acerca del consumo de agua.
En los Estados Unidos, el agua se vende más que la leche y la cerveza, y está a punto de convertirse en la bebida más popular del país con datos que te secan la garganta. Durante 2006, los estadounidenses gastaron 11.000 millones de dólares en agua embotellada, cuando podrían haber consumido la que sale de sus grifos y que es perfectamente aceptable por un 10 milésimo del costo. Y si estuviésemos hablando de África o un país tercermundista sin controles o con escasos presupuestos, estaríamos en presencia de un ejemplo más, pero en Estados Unidos, mas del 89% del agua corriente supera las regulaciones federales de salud y seguridad, y en la mayoría de las pruebas a ciegas que se han realizado frente a “las de marca”, las ha superado.
Además, si este dato no es suficiente, beber agua de la red corriente cuesta entre 240 y 10.000 veces menos que el preciado liquido embasado.
Todo empezó así
Lo interesante de un tema que engloba algo más que los gustos de los consumidores, como lo es el medio ambiente, existe una combinación de marketing, moda y capitalismo. Para lograr que las aguas embotelladas conquisten el mercado mundial fue necesario una combinación de marketing junto a un perfecto coctel que conforman las tendencias culturales, económicas, políticas e hidrológicas.
Diez o veinte años atrás, el mostrarse con una botella de Perrier en la mano conformaba parte del estereotipo del “triunfador” que cumplía las leyes de “ser y parecer”. Y lo que comenzó en un reducido grupo de la sociedad, se volvió una moda para millones, que las gigantescas multinacionales como Nestlé y Coca Cola supieron capitalizar.
Aumento vertiginoso
En 1987, los estadounidenses bebían por año solo 21,57 litros de agua embotellada por persona, pero la maquinaria publicitaria y el bombardeo de los anuncios y las campañas llevó ese consumo al doble para 1997, por ejemplo Pepsi, dueña de Aquafina, gastó 20 millones de dólares sugiriendo que “deberían beber mas agua”.
Diecinueve años después, los norteamericanos bebieron 104,47 litros, a razón de 1000 millones de botellas por semana. Esta tendencia mundial, que Estados Unidos lleva como estandarte, ha impactado fuertemente en Europa, y en especial en Gran Bretaña, donde los consumidores han perdido confianza en el agua potabilizada y han entablado un romance con la botella. En tierras inglesas, el ministro de Ambiente, Phil Woolas, dijo que el agua embotellada es “moralmente inaceptable”, ya que en su país se gastan anualmente 2000 millones de libras esterlinas en comprar agua mineral.
Mientras no existen dudas de que esta moda ha llegado para quedarse, y el agua embotellada se ha convirtió en la obsesión por salud y eterna juventud, un sector ha reaccionado. Quienes están en contra sostienen que “no debe privatizarse un recurso esencial para la vida del ser humano”, y otros, preocupados para los efectos colaterales, afirman que cada año la fabricación de las botellas requiere de 17 millones de barriles de petróleo, sumado al uso de la energía que se necesita para su transporte y descarte.
En fin mientras algunos sostienen que los consumidores derrochan su dinero, otros sustentan que detrás de este nuevo negocio sufrimos un desprecio por el agua corriente y un latente peligro ambiental, además de financiero para nuestros bolsillos…
Autor. Matías Torres. Analista económico de América del Sur de Financialred.com
Foto | L
Comentarios
Lo peor es que en términos energéticos una botella emplea tres veces más agua que la que contiene sólo en su elaboración.
interesante
Lo que está claro, a raiz de este artículo, es que para qué beber agua teniendo la sidra…
También es importante que hay ciudades donde pese a ser el agua totalmente potable, sin embargo viene llena de cal, no pasa nada, pero el sabor es mucho peor. Un consumidor de aguas embotelladas y de zumos…
Por cierto, las pérdidas en las redes de agua potable también es un tema curioso. Dicen que en mi ciudad (es una de las más pobladas de España) tiene alrededor de un 20 por ciento de pérdidas en la red…¿Como podemos permitir esto en el este-sureste peninsular?
Toda la razón. Sin ánimo de criticar Zaragoza es una de esas ciudades.