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A pesar de que a mediados de esta semana la cotización del barril de petróleo dio una pequeña tregua a los niveles disparatados que en los últimos meses mantuvo en vilo a los mercados internacionales, la realidad es que en tan sólo un año el precio del oro negro se ha duplicado y no parece que la tendencia vaya a cambiar. Rozando los 140 dólares el barril el verano pasado la barrera psicológica que tan lejana parecía se había fijado en los 100 dólares, hay quien habla ya de la posibilidad de que se alcancen los 200 dólares o incluso, como aventuró el número uno del gigante ruso Gazprom, los 250 dólares.
Es cierto que la especulación está jugando un papel importante en los precios, pero en alguna ocasión se deja de lado una cuestión capital para comprender esta tendencia alcista y, especialmente, la que se nos vendrá encima los próximos años. Se trata del aumento de la demanda de los países emergentes, sobre todo de China e India. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en 2010 China superará a Estados Unidos como primer consumidor de energía, mientras que en 2030 India se habrá convertido en el tercer mayor importador de petróleo del mundo. Basta decir que de los más de 1.000 millones de ciudadanos indios, 400 millones aún no tienen acceso a la electricidad, algo que será necesario cambiar al tiempo que las grandes ciudades siguen ganando población. Mientras, los países exportadores de petróleo se mantienen reticentes a aumentar su producción, conscientes de que las leyes del mercado juegan a favor de sus cajas registradoras.
Otra de las cuestiones que se deben considerar para comprender la subida de precios es el alza de los costes de producción: las petroleras que antes extraían crudo cerca de la superficie deben ahora explorar zonas de aguas profundas en las que los tiempos y la tecnología hacen aumentar los ceros de sus facturas. Con este escenario en torno al petróleo, hay que recordar que lo mismo ha ocurrido en el último año con otros recursos como el carbón y el gas (estrechamente vinculado al crudo), que han visto cómo sus costes se disparaban duplicando su cotización internacional.
En este contexto entra en juego una de las grandes alternativas alimentadas por políticas energéticas como la de la Unión Europea: las renovables. Si siempre se las ha tachado de ser demasiado caras, los altos precios de los combustibles fósiles inyectan una corriente de rentabilidad en este tipo de generación al compararlas con las tecnologías tradicionales. El precio de generar un megavatio con gas, por ejemplo, se acerca cada vez más al coste de generarlo con viento, a pesar de que éste tenga que ser alimentado de forma complementaria con primas o subvenciones. Esta cuestión es especialmente relevante en el caso de España, cuya dependencia energética del exterior supera el 80 por ciento, frente al 50 por ciento de media de la Unión Europea. Nuestro país sigue siendo una isla energética y, a pesar de gasoductos como el Medgaz que nos unirá con Argelia o la interconexión con Francia, lo cierto es que no tenemos recursos que no sean el ‘verdes’. Con el objetivo de la industria eólica de alcanzar los 40.000 megavatios de potencia instalada, es indiscutible que esta tecnología se ha convertido en una referencia para nuestro escenario. Sin embargo, y aunque las renovables (también la solar o la hidráulica) pueden ayudarnos a reducir nuestra dependencia, lo cierto es que el sistema energético de un país no puede sostenerse sobre las energía verdes; simplemente porque hay días en los que para el viento o no luce el sol. Con estas cartas sobre el tablero de juego, es necesario plantearse cuál es el camino para hacer frente a los retos del futuro y quizás sea necesario invitar a la partida a una nueva jugadora: la nuclear.
Autor. Adela Varela. Analista energética y periodista
Foto | guedes bravo
Comentarios
Estoy totalmente de acuerdo. Por mucho que España sea un país puntero en energías renovables, necesita otra fuente de abastecimiento energético.